Este espacio está dedicado preservar la memoria del matrimonio cartagenero formado por Salvador Fernández Martínez y Josefa Meroño Cegarra, además de la de sus hijos e hijas y sus respectivos cónyuges, así como la de otros parientes más o menos cercanos, a fin de mantener más vivos los lazos familiares entre todos sus descendientes.



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viernes, 24 de febrero de 2023

Jorge Hernando Rojo

El 6 de febrero de 2023 fallecía en Cartagena Jorge Hernando Rojo, a los 55 años de edad.

Solo cuarenta y ocho horas antes había recibido una llamada teléfonica suya en la que, con todo su cariño, me animaba a superar el dolor causado por la muerte de mi madre. Nada me hizo presagiar que su vida peligrara.

Jorge Hernando Rojo era hijo de mis primos Manolo Hernando Fernández y Maruja Rojo, nieto de Josefina Fernández Meroño y hermano menor de José Manuel.

Siempre recordaré su simpatía y su bondad.




domingo, 1 de octubre de 2017

Una carta de Jorge Prado Fernández sobre José Fernández Meroño



Madrid, 19 de julio de 2002

Querido primo Jorge, querida familia:

Respecto a la primera carta (mi carta dirigida al tío Pepe, tu padre). Es una carta curiosa, no me acuerdo que edad podía tener yo entonces.

Al principio de nuestra guerra civil vivimos todos en Los Molinos (pueblo muy cercano a Cartagena). A mi padre lo destinaren a Cartagena como comandante del crucero Méndez Núñez (los marineros fieles a la República lo habían traído a Cartagena de la Guinea, donde se encontraba en el momento del alzamiento militar). Los bombardeos en Cartagena eran muy intensos, pues perseguían a la escuadra republicana, parte de los barcos de la cual fondeaban en el puerto de la ciudad, y para librarnos de ellos nos trasladaron a Los Molinos.

Alquilamos una casa, que aún existe enfrente del paso a nivel del ferrocarril (este paso creo que también existe aún a la entrada de Los Molinos). Toda la familia se trasladó a esta casa: los abuelos con los tíos Salvador y Pepe; la tía Josefina con Elo, Manolo y Salvador; y nosotros, mis padres, Alberto y yo.


Manolo y Salvador Hernando


La casa tenía un pequeño jardín , donde jugábamos todos los niños, incluyendo los de los vecinos. Me acuerdo que nuestro jardín estaba situado entre dos jardines laterales con sus respectivas casas. En uno estaba la casa de un médico republicano, don César —que luego tuvo que emigrar a América— y en el otro jardín, el más grande, la gran torre de don Arturo. En esta torre nos refugiábamos todos durante los bombardeos (se abrió una nueva puerta en nuestra cocina con salida al jardín de don Arturo y por ella salíamos todos corriendo en dirección a la torre cuando tocaba la sirena).

En esta casa pasamos unos meses difíciles y felices de nuestra temprana infancia. De ella tu padre se fue a la guerra. Yo entonces creo que tenía 5 o 6 años y tu padre 15 o 16.


Alberto y Jorge Prado

Frecuentábamos el colegio del pueblo y mi padre nos puso a todos los pequeños un maestro particular, hacíamos nuestros pinitos y por esta razón creo que mi carta està escrita anteriormente a estas fechas, pues deja mucho que desear.

De aquellos tiempos recuerdo que tu padre era un joven dinámico, inquieto, con una gran curiosidad por todo. En Los Molinos nos enseñaba muchas cosas a los pequeños. Me acuerdo, por ejemplo, del juego de guerra de los barcos, él mismo los hacía de papel. Se compenetraba mucho con nosotros, pero no nos dejaba pasar todo, pues éramos unos buenos elementos. Eso podía ser una de las causas de mi carta-rabieta, yo entonces también era un buen punto filipino.

En lo que se refiere a la novia Pepita lo más seguro es que fueran chiquilladas de niños. En cuando veíamos a los tíos Salvador o Pepe hablando con alguna chica, ya decíamos que eran sus novias.

Pepe era un joven revoltoso, aunque juicioso, inquieto y simpático. Era el menor de todos los hermanos y a menudo le reían sus gracias.

Me acuerdo del abuelo, ya muy mayor, correr detrás del tío con su bastón y todos nosotros, los pequeños, detrás del abuelo, gritando: «¡Dale, dale fuerte!». Fue un tiempo duro, pero para nosotros los pequeños muy feliz (por la edad) y del que me recuerdo bastante bien. Duró poco.

Te envío el texto que escribí sobre tu padre. La verdad que me da un poco de reparo y vergüenza, y no me puedo perdonar no habértelo dado en su debido momento. Lo tenía escrito unos días antes de nuestro viaje a Cartagena en un papelito. Vicenta me ha obligado a escribirlo en limpio. Refleja mis sentimientos hacia él y vuestra familia.

Don José Fernández Meroño

El tío Pepe, como cariñosamente le llamábamos los sobrinos y otros miembros de la familia, fue una bellísima persona, inteligente, instruido, sencillo y siempre dispuesto a ayudar a todos, aunque solo fuese con un consejo. Así era el tío Pepe.

Perteneció a una generación a la que le tocó vivir en tiempos muy difíciles. Con 17 años (quinta del biberón) fue llamado a las filas del Ejercito de la República aquí en Cartagena y poco tiempo después, al final de la Guerra Civil, todavía un chaval, pasó los Pirineos con las últimas unidades de este ejército para internarse en Francia.

En Francia pasó dificultades y calamidades, como muchos otros. Volvió a Cartagena, en los difíciles años de la postguerra. Creo una familia. Al final para encontrar trabajo y poder seguir manteniéndola família tuvo que marcharse a Terrassa, en Cataluña, con la ayuda de su mujer, familiares y amigos de aquellas tierras.

El tío Pepe formó una espléndida familia, muchos de los miembros de esa familia están hoy entre nosotros.

Quiso a Cataluña, pero nunca se olvidó de su Cartagena a la que amaba profundamente, cualquier noticia de Cartagena era interesante para él, por pequeña que fuese.

Por esta razón la idea de su hijo, hijas y de nuestros familiares de Terrassa, Barcelona, Zaragoza, de traer sus restos mortales (cenizas) a Cartagena y estar presentes aquí, en la ciudad que le vio nacer, su ciudad natal a la que tanto amaba, nos parece una buena idea, una bonita idea.

¡Gracias a todos!

Descanse en paz, querido tío, don José Fernàndez Meroño.

Saluda de mi parte y de Vicenta y Jorge (mi hijo) a tu madre Teresa, Tona, Albert, hermanas y a todas sus simpáticas familias.

Un abrazo,

Jorge


sábado, 31 de diciembre de 2016

Fallecimientos entre 2012 y 2016.





Desde que se publicó la anterior entrada, varios miembros de nuestra família han fallecido. El 11 de septiembre de 2012 expiró a los 80 años Manolo Oliden Jiménez, marido de mi prima Mari Lola Gutiérrez Fernández. Un año después lo hacía Manolo Hernando Fernández, a los 85 años. A principios de marzo de 2016 nos abandonaba Eloísa Hernando Fernández, la mayor de nuestros primos, a los 92 años.

La vida cotidiana, con sus compromisos apremiantes, me detuvo en la tarea de buscar y añadir nuevos datos sobre el matrimonio Fernández Meroño, sus hijos e hijas y sus respectivos cónyuges.

Así mismo, en algún momento, el temor a vulnerar el deseo de intimidad de algunos de los miembros de la tercera generación de sus descendientes me hizo desechar el incluirnos de manera directa en estas notas biográficas que vengo realizando.

Reemprendo ahora la tarea, como pequeño homenaje a mis primos fallecidos entre 2012 y 2016, y como muestra de cariño al resto de nuestra familia.



martes, 2 de agosto de 2011

Manuel Hernando Saiz


Manuel Hernando Saiz



Reproduzco un texto de Manuel García Hernando, nieto de los biografiados.

Historia de Manuel Hernando Saiz y Josefina Fernández Meroño

Manuel Hernando Saiz nació en Cuenca, el día 31 de diciembre de 1891, hijo único de Gervasio Hernando Gutiérrez y Eloísa Saiz Segovia, familia muy religiosa y emparentada con el Obispo de Cuenca. Huérfano de padre desde corta edad —su padre que era militar murió a la vuelta de la guerra de Cuba—, ingresó en el colegio de huérfanos militares Reina María Cristina de donde salió para presentarse voluntario al ejército. Fue filiado el 17 de enero de 1911 destinado en el batallón de cazadores Figueras nº 6 quedando en la plaza de Madrid.

En 1912 marchó al Real Sitio de San Ildefonso (Segovia) con el fin de prestar servicio en la Guardia Real.

En enero de 1913, fue destinado a África, embarcado en el Vapor Sister con rumbo a Larache, desembarcando en Arcila donde mantuvo continuos combates y escaramuzas con los rifeños durante seis años en distintas misiones y destinos. En el año 1919 fue destinado a Alicante y en 1920 se le destina a Cartagena, al Regimiento de Infantería de Sevilla nº 33. Allí recibió la felicitación del Rey Alfonso XIII por la excelente preparación de su unidad en unos ejercicios militares en Almansa.

El 24 de julio de 1921 (como consecuencia del desastre de Anual en el protectorado de Marruecos. Melilla quedó sitiada por las fuerzas moras del Rif) y por orden del Ministro de la Guerra su unidad fue embarcada urgentemente para trasladarla a Melilla. Participó en múltiples acciones de la guerra de Marruecos, llegando en ocasiones a la lucha cuerpo a cuerpo. Participa en la toma de Monte Gurugú a las órdenes del General Don José Sanjurjo, en la defensa de la mar chica de Melilla, en la toma de Nador, etc. Por ello recibió condecoraciones, honores y ascensos, llegando Capitán.
 
Después de la toma de Aflaté y la ocupación de Segargan, el 1 de diciembre de 1921 ingresó en el Hospital Doker de Melilla donde permaneció hasta el 12 de enero de 1922 cuando fue evacuado en el vapor Alicante a Málaga, donde ingreso en el Hospital civil Urquijo permaneciendo hasta el 17 de marzo, marchando con un mes de licencia a Cuenca y Cartagena. Hay una foto de los Marqueses de Urquijo, fechada el 26 de marzo, en recuerdo de su paso por Málaga «a nuestro buen amigo D. Manuel Hernando».

En 1922 por R. O. del 7 de agosto nº 176 se le concedió licencia para contraer matrimonio con Josefina Fernández Meroño, natural de Cartagena y el 21 de Agosto se le expidió y entrego certificado de soltería.

En 1927 es destinado a Murcia y en 1929 es destinado a la zona de Reclutamiento en Madrid.

Se retiró del ejército en el año 1931 con el grado de Comandante, por la ley de Azaña, y fijó su residencia en Madrid. Estaba en posesión de la más alta condecoración militar individual después de laureada de San Fernando, la Cruz del Mérito Militar individual con distintivo rojo, concedida por acciones de guerra durante 1914, y de otras muchas: la Medalla Militar de Marruecos (1917), Pasador de Melilla (1922), Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo (1922), distintivo creado por haberse concedido al Bor Expedicionario del Regimiento, la Medalla Mar (1923), Pasador de Larache sobre la Medalla Militar de Marruecos (1926), la Medalla de La Paz de Marruecos (1928), la Cruz de la Real Orden de San Hermenegildo (1930)…

(La hoja de servicios sacada del archivo militar del ejército en Segovia consta de treinta páginas muy detalladas, de las que he extraído lo que consideraba, dejando para el final algo que a todo militar se le presupone por el hecho de serlo «El Valor» y él, lo tenía en su apartado correspondiente dos veces «Acreditado».

De su matrimonio tuvo tres hijos, la mayor Eloísa (mi madre), Manolo y Salvador, todos casados y con hijos.


Eloísa y Manolo Hernando Fernández paseando por las calles de Madrid 
llevados de la mano por su padre, Manuel Hernando Saiz.

La guerra le sorprendió en Madrid, vivían en la calle Blasco de Garay nº 25 perpendicular a la calle Alberto Aguilera. El 15 de octubre de 1936, a las seis de la mañana, la policía acompañada por algunos milicianos llamaron a su puerta —delante de su mujer e hijos, la mayor Eloísa de 12, Manolo de 8 y Salvador de 4 años— y se lo llevaron preso con la excusa de que tenía que declarar en comisaría. De allí pasó a la cárcel de mujeres y por último a la Modelo, de donde fue sacado para fusilarlo el 24 de noviembre en Paracuellos del Jarama.

Ellos, mis abuelos Manolo y Josefina, sabían que aquella noche iba a ir la policía, los porteros que eran buenas personas los habían avisado, pensaran que era para un registro por lo que pasaron parte de la noche rompiendo cartas, estampas de santos y escondiendo rosarios y demás objetos religiosos que pudieran comprometer a ellos, amigos y familiares. Pero no imaginaban que era para darle el paseo. Tuvo la suerte que uno de los policías que iban lo conocía y le dijo a su mujer, usted no se preocupe que Don Manuel llega vivo a la cárcel; los demás que van en el coche, no sé.

Josefina lo volvió a ver una vez en la cárcel Modelo, acompañado de sus hijos Eloísa y Manolo. Él le dijo que se encontraba bien, que tenía auxilio físico y espiritual y quería ver al pequeño. (Cito esto porque con el paso de los años, cuando intentaban saber algo de él, recordaron esta frase y buscaron al carnicero que había estado en su misma celda. Este había sido fusilado, pero el cura que también estaba con ellos había sobrevivido y después de muchos esfuerzos fue localizado —gracias al Arcipreste Don Gabriel de la iglesia de Santa María de Cartagena— y testificó que a Manuel Hernando lo habían fusilado en Paracuellos del Jarama.) Cuando Josefina regresó para verlo otro día con el pequeño Salvador, ya no lo encontró, le hicieron comentarios muy desagradables y nunca volvió a verlo.

Las fuerzas nacionales, llegaron hasta la Ciudad Universitaria, Moncloa y Hospital Clínico. Como los bombardeos eran continuos, la zona de la Calle Princesa con el cruce de Alberto Aguilera, donde actualmente se encuentra el Corte Inglés, fue declarada zona del frente de guerra evacuándose a todos los vecinos que residían por aquellas calles. Josefina con sus tres hijos y algo de ropa dejó la casa con todos sus muebles y enseres, marchándose a vivir a casa de Carmen Gutiérrez de la Vega —la hermana del tío Fernando—, en la calle Castellón, quien tuvo la generosidad de admitirlos hasta principios del año 1937. Allí pasaron las Navidades del año 1936, con la mayor tristeza y austeridad, no solo por no saber nada de su marido, sino porque además Madrid era una ciudad prácticamente sitiada, con escasez de alimentos y de casi todo, presa del terror y la anarquía desatada por el golpe de estado de los comunistas y anarquistas contra el propio gobierno de la República.

La situación de Madrid era cada vez peor, la guerra continuaba y la vida de Josefina era cada vez más insostenible por todo ello y por no darle nadie noticias del paradero de su marido y los comentarios que recibía eran cada vez más pesimistas pues se decía que los asesinatos y paseos eran cada vez más incontrolados. Desesperada, decidió acudir a pedirle ayuda al General Miaja, Jefe del estado Mayor del ejército de la República, pues Manuel Hernando había estado destinado con él durante su estancia en Murcia.

No sé de qué manera llegó hasta la antesala del despacho del General, en el ministerio de la guerra en la Plaza de Cibeles. En la puerta un ordenanza y un capitán le prohibieron el paso, ella les contó lo sucedido y les pidió llorando que les dejaran ver al General. Me imagino que, jugándose la vida, la dejaron pasar o que, en un descuido, ella se coló en el despacho del General al mando de todo el Ejercito de la República. Contaba Josefina que el General estaba de espaldas viendo con otro militar unos planos que se encontraban sobre la mesa y que, al darse cuenta de su presencia, se volvió sorprendido, con gesto de extrañeza, preguntándole: «¿Quién es usted y qué hace aquí?» Mi abuela se presentó y le recordó que su marido Manuel Hernando había estado destinado con él en Murcia, al mismo tiempo que le contaba su desesperada situación en Madrid, con tres hijos y sin saber nada de su marido, Miaja le pregunto si militaba en algún partido político, sindicato u organización de cualquier  tipo. Josefina le respondió que no, él hizo dos llamadas y con gesto serio le comunicó: «Yo no sé donde está su marido, lo único que puedo hacer es darle un pasaporte o salvoconducto militar para que pueda usted salir de Madrid y llegar a Cartagena con sus padres». Josefina accedió, dándole las gracias, a lo que él le contestó: «Que tenga usted suerte, todos la vamos a necesitar».

De esta forma salió de Madrid con lo puesto, y tardó tres días en llegar a Cartagena, para refugiarse en la calle Medieras, en la casa donde vivían sus padres y hermanos.

Durante el primer año de estancia en Cartagena, la vida trascurrió con relativa tranquilidad, la casa estaba bajo la protección de Pedro Prado Mendizábal, marido de su hermana Elisa, una autoridad en aquellos momentos.

Los primos Alberto Jorge, Rosina y Eloísa, Manolo y Salvador, jugaban juntos e iban todos al mismo colegio, estos últimos tenían algunos problemas con un maestro que los intimidaba, los tachaba de fascistas, llegando a expulsarlos del colegio hasta que alguien de la familia, o algún amigo, le dejó algunas cosas claras, los volvieron a readmitir y a partir de aquel momento no los molestaron más.

Como los bombardeos de Cartagena eran cada vez más intensos y largos —uno duró hasta cinco horas— la familia decidió irse a vivir al Barrio Peral, una zona en aquel entonces alejada del centro de Cartagena y más tranquila, sin ningún peligro.

Al ser destinado Pedro Prado a Barcelona, la vida de Josefina y sus hijos se volvió más insegura, los comunistas, los sindicatos y la policía preguntaban cada vez más por ellos y los acusaban de fascistas y espías. Hasta tal punto que su padre, Don Salvador Fernández, decidió mandarlos a vivir a la casa de unos familiares en la Puebla de Don Fadrique, donde pasaron el último año de la guerra relativamente escondidos.

Su padre y sus hermanas así como el resto de la familia, siempre se preocuparon de ayudarles en todo lo humanamente posible dentro de las dificultades que tenía en general, en un país que se encontraba en los últimos meses de la Guerra Civil.

Hay cartas de toda la familia, así como envió de paquetes, dirigidas a Josefina interesándose por ella y sus hijos, Lola, Carmen y sus padres. En una de ellas Don Salvador Fernández le dice a su hija que no coja ningún dinero de nadie, que él ya lo tiene todo pagado, y que ese dinero es Republicano y no valdrá nada dentro de poco tiempo.

En esas circunstancias terminó la guerra y Josefina volvió a Cartagena, a casa de sus padres. Posteriormente alquiló un tercer piso en la calle Cuatro Santos nº 31, en un edificio cuya la fachada aún se conserva porque el Ayuntamiento lo está rehabilitando.

Con el paso de los años en 1955 o 1960, no conozco la fecha exacta, se demostró que Don Manuel Hernando Saiz, había sido asesinado el 26 de noviembre en Paracuellos (existiendo numerosos testimonios y declaraciones, dejó de ser «desaparecido») y se le reconoció a Josefina su situación oficial, el estado civil de viuda, y se le otorgó la pensión correspondiente, con lo que su vida cambio a mejor.

Esta biografía está sacada de la Hoja de Servicio de mi abuelo, las cartas de la familia, así como de las historias contados por mi abuela, mi madre y mis tíos.



Josefina Fernández Meroño



El primer hijo del matrimonio entre Salvador Fernández Martínez y Josefa Meroño Cegarra fue una niña, Josefa Fernández Meroño.

Nació el 5 de febrero de 1903 y falleció el 22 de diciembre de 1993.


Josefina Fernández Meroño el día de su primera comunión


Contrajo matrimonio con Manuel Hernando y tuvo tres hijos: Eloísa, Manolo y Salvador Hernando Fernández.


Manuel Hernando Saiz y Josefina Fernández Meroño el día de su matrimonio.


Eloísa Hernando Fernández contrajo matrimonio con Manuel García López el año 1947. De su unión nacieron: Manuel (1948), Eloísa (1950) y María José García Hernando (1959).

Manuel García Hernando contrajo matrimonio con María Teresa Hernández Ferrándiz Tienen tres hijos: Manolo, María Teresa y José Ignacio García Hernández.

Eloísa García Hernando contrajo matrimonio con Antonio de Velasco Muñoz. Tienen dos hijos: Antonio y Eloísa.

María José García Hernando contrajo matrimonio con  Gabriel Juan Martínez-Valera y González. De su unión han nacido: Rocío y Javier Martínez-Valera García.


Manolo Hernando Fernández contrajo matrimonio con Maruja Rojo García. Tuvieron dos hijos: José Manuel (1961) y Jorge Hernando Rojo (1966-2023).

José Manuel Hernando Rojo contrajo matrimonio con Patricia Silgeström Laredo. De su unión han nacido Gonzalo y Patricia Hernando Silgeström.

Jorge Hernando Rojo contrajo matrimonio con Elvira. Tuvieron dos hijas. 


Salvador Hernando Fernández (1932-1991) contrajo matrimonio con María Asunción Fernández Salas. Tuvieron tres hijas y dos hijos: María Asunción, Salvador, Esther, César y Cristina Hernando Fernández.